Por José Calero, Columnista de la agencia NA
La profundización de diferencias entre el gobierno y la CGT responde a emergentes objetivos de una coyuntura que encuentra a la presidenta Cristina Fernández ante un escenario inédito en los casi nueve largos años en los que el kirchnerismo se hizo del control de la Argentina.
A diferencia de los tiempos de abundancia y buenas noticias, la Presidenta debe batallar ahora contra una realidad que dista mucho del crecimiento infinito y el progreso social sin límites que trata de imponer un relato oficial transmitido puntualmente cada miércoles por cadena nacional desde la Casa de Gobierno.
La Argentina, según informó la Presidenta en la semana, alcanzó casi el pleno empleo, ya que la desocupación descendió al 6,7 por ciento, a pesar de lo cual informes privados estiman que hay 700 mil chicos que ni estudian ni trabajan en la Argentina, en lo que se conoce como “generación ni-ni”, según un informe de la Sociedad de Estudios Laborales (SEL).
Como esos chicos no buscan ya trabajo, por “efecto desaliento”, para el INDEC dejaron de integrar el lote de desempleados.
Un cuadro similar ocurre con la pobreza, que para la estadística oficial cayó a 8,3 por ciento, a pesar de lo cual se observan a diario en las zonas metropolitanas de distintos lugares del país escenarios de miseria, desolación y marginalidad, como ocurre cada noche en plena calle Florida a la altura de Córdoba.
En los discursos televisados puntillosamente desde el Salón Mujeres Argentinas del Bicentenario de la Casa Rosada, el gobierno se esmera en transmitir el show de las buenas noticias, que no deja lugar a repreguntas, porque los periodistas las tienen prohibidas, mientras una claque integrada por funcionarios y militantes se dedica a aplaudir rabiosamente cada ocurrencia presidencial.
En esos actos de jolgorio y regocijo, la Presidenta relata las buenas noticias, torea a la oposición y a los gremios, pero no aborda los temas clave que preocupan a cientos de miles de personas, como las que debieron sufrir los rigores del sol para conseguir una tarjeta milagrosa en las últimas semanas.
La jefa de Estado no da explicaciones sobre cuestiones centrales de su administración, cómo cuánto se pagará la tarifa de colectivo y de tren desde el 10 de febrero próximo en caso de no tener la deseada SUBE.
Peor aún, la Presidenta elude decirle a los ciudadanos que su gobierno prepara un alza tarifaria en el transporte, aún sin fecha de implementación, y que se aplicará tenga o no SUBE.
Ese ajuste se producirá porque la tarjeta SUBE le permitirá al “gran hermano” Estado saber si el dueño de la tarjeta es propietario, tiene auto, cuánto gana al año, si viaja seguido al exterior, cuánta plata tiene en el banco, si tributa bienes personales, y un sinnúmero de datos personales.
Cuando llegue la hora de quitarle el subsidio al transporte a millones de personas, el mecanismo será similar al que se utilizó para ponerle un cepo a la compra de dólares.
Ante cualquier queja del usuario, lo van a mandar a que se arregle con la AFIP, que de paso aprovechará para obtener todavía más datos para esa base de datos infinita que el gobierno pretende construir de cada uno de los argentinos.
Demasiada información para que la maneje un Poder Ejecutivo que carece de controles de organismos como la SIGEN, donde el Parlamento se limita a ser una mera “escribanía” de los proyectos que envía el Ejecutivo y la oposición está desaparecida.
“No pretendemos ser la Gestapo”, dijo el secretario de Transporte, Juan Pablo Schiavi, y habrá que creerle.
Pero sin llegar a comparaciones tan temerarias, intranquiliza observar un Estado que va invadiendo casi todos los rincones de la vida cotidiana de los argentinos y despilfarra multimillonarias sumas de dinero en Aerolíneas Argentinas, el Fútbol para Todos, actos por doquier y, ahora, la transmisión del TC.
Hugo Moyano, el todopoderoso jefe de la CGT, que nunca comió vidrio, se dio cuenta hace rato de lo que venía y por eso se empieza a despegar de un gobierno que radicaliza su acción y parece dispuesto a aplicar a fondo la lógica “amigo-enemigo” en cada uno de sus pasos.
“La sintonía fina suena a lo que proponía Menem”, disparó el líder camionero, con timing de sobra para impactar directamente en el corazón de la principal política defendida por la Presidenta, en lo que podría considerarse, parafraseando una obra clave del revolucionario Vladimir Lenin, como “cristinismo, etapa superior del kirchnerismo”.
Pero a pesar del barullo que hacen los actos en la Rosada, para saber lo que viene haga un ejercicio muy simple, si es que aún no lo ha hecho.
Tome su última factura de gas o electricidad, y agreguele al total el monto que aparece restando en la línea que dice subsidio.
Va a notar que cuando pronto le toque abonar sus servicios a tarifa plena, necesitará entre 60 y 70 por ciento más de plata de su bolsillo para afrontarlo.
Clarito y sencillo, casi tanto como la verdad.
Publicado el 05 de Febrero de 2012