24/08/2008 | 21:00 - Espectaculos

Areu Crespo en el recuerdo

Juan Mariano Areu Crespo llegó a la Argentina en 1927 y pisó suelo misionero por primera vez en 1932 a los 23 años. Se definía a sí mismo como totanense y posadeño, el primero por Totana, su pueblo natal en Murcia (España) donde vio la luz en 1909; y Posadas fue su elección de vida, donde se enamoró de su mujer, del paisaje y de la gente.

POSADAS (Por Matías Njirjak). Juan Mariano Areu Crespo llegó a la Argentina en 1927 y pisó suelo misionero por primera vez en 1932 a los 23 años. Se definía a sí mismo como totanense y posadeño, el primero por Totana, su pueblo natal en Murcia (España) donde vio la luz en 1909; y Posadas fue su elección de vida, donde se enamoró de su mujer, del paisaje y de la gente.

Durante su época de universitario, que se desarrolló desde su llegada al país hasta 1932 cuando se instaló en Posadas, participó en distintos grupos que trabajaban en pos de la identidad latinoamericana, ahondando en el rescate de las tradiciones y valores autóctonos en la construcción del “inconsciente colectivo” de los pueblos del sur.

También fue un entusiasta de la obra de Pedro Figari, que lo influenció en su búsqueda de la conformación de la identidad a partir de matrices mixtas y costumbres tan heterogéneas como las gentes que formaban estos nuevos pueblos que buscaban (y buscan hasta hoy) su identidad regional.

Otro de los artistas que lo influenció marcadamente fue Cándido López, con quien comparte ese afán incansable de resguardar las tradiciones autóctonas del paso del tiempo a través de su obra.

Al poco tiempo de afincarse en Posadas se casó con su mujer Nilda Franco y formó su familia. Fue siempre un hombre multifacético y se desempeñó como pintor, grabador, escritor, profesor y escribano; aunque él se reconocía como “un pintor que escribe”. Las décadas del 40 y el 50 lo vieron trabajar incansablemente, junto a otros grandes hombres de las artes y las ciencias de Misiones. También se desempeñó como director de la Escuela de Bellas Artes de Posadas y como profesor de la Escuela Normal Superior Estados Unidos de Brasil. Al mismo tiempo se afianzaba como pintor y escritor.

Fue también uno de los precursores del muralismo en Misiones, pintó junto a Nicolás Reviakin y Adolfo Neunteuffell las paredes del por aquel entonces (1952) flamante Palacio del Mate. Hoy estas obras están literalmente perdidas detrás de la pesada cortina de la desidia y el abandono oficial.

Gran parte de su obra se centra en la temática regional donde los mensúes, las villenas, los gringos y pescadores desempeñaban los papeles principales.

El paisaje costero del Paraná y la zona del puerto y la Bajada Vieja fueron su inspiración. En las celebraciones populares como los carnavales y las procesiones supo ver un colorido mundo, poblado por un estilo de vida simple y sufrido en el que el río (hoy tan maltratado) era el centro de las actividades económicas y sociales de un pueblo que lo enamoró hasta sus últimos días.

Cecilia Bordón por ejemplo lo reconoce como un hombre que “supo ver con ojos nuevos esta tierra poblada de colores vivos y costumbres viejas a punto de extinguirse al llegar la modernidad”. Y continúa “como si hubiera adivinado que casi al tiempo que se secaba el óleo fresco de sus telas; el carnaval popular, las lavanderas y todos los demás personajes se fundirían en pigmentos y palabras para seguir diciendo más allá del tiempo”.
“Areu intuyó que no durarían mucho más y los hizo suyos para que vuelvan a ser nuestros”.
Es autor de pinturas como “Bodegón” (Museo provincial de Bellas Artes de Entre Ríos), “Vista de Totana” (Museo de Artes Plásticas Eduardo Sívori), “Carnaval de Posadas” (robado del Museo Provincial Juan Yaparí), (ver recuadro).

Hombre de letras
Su obra literaria está compuesta por tres novelas publicadas: “Bajada Vieja”, “Tierra caliente” y “El nombre en la carátula”. Las dos primeras con temática regional.
“Tierra caliente” ilustra la vida de personas comunes que protagonizan una trágica historia a orillas del río Paraná. Sus personajes son: don Paniagua, Hermenildo, el peón y otros tantos estereotipos posadeños tan bien construidos por Areu Crespo.
En esta obra se aprecia el poder de observación y el conocimiento de la realidad social del autor, que pone de manifiesto el fuerte sentimiento machista de los pobladores de la región (y la lucha heroica de algunas mujeres, tan bien planteada a través de Santa Guimaraez, una mujer que cría sola a sus tres hijos). También está muy presente el tema de las supersticiones.

Individuos marginales, delincuentes, trabajadores y gente que lucha día a día por sobrevivir son los protagonistas de esta historia que se transformó en una suerte de radiografía de una región donde la vida y la muerte irrumpen como algo natural en un medio agresivo.

Reconocido
y recordado

Expuso en diversas y numerosas muestras individuales y colectivas en importantes museos y salones de Posadas y Capital Federal. Sus obras hoy pertenecen a colecciones privadas y a museos de Argentina y Brasil.

A lo largo de su carrera fue acreedor de varios premios y distinciones, entre los que se destacan: primer premio en pintura, en 1944; en el primer salón de Artes de Misiones, premio “C. M. de Bianca” del Salón Nacional de Dibujo y Grabado, en 1976 y otros tantos en Corrientes y Entre Ríos. Su obra también se puede conocer a través de publicaciones sobre arte y pintura como el “Diccionario de Artistas Plásticos de la Argentina”, la “Gran Enciclopedia Argentina” y el “Diccionario del Arte en América”, entre otros.

En 1980 se despidió definitivamente de Posadas con varias exposiciones, y se radicó en Buenos Aires, donde falleció en 1989.

Su legado plástico y literario, con acertada interpretación de los personajes característicos de una Posadas del ayer que desaparece en el recuerdo, está presente en el bagaje cultural de los misioneros, a través de su particular iconografía.  
Hoy es importante que el recuerdo de tantos hombres y mujeres que supieron mirar en lo profundo del “ser local”, sea respetado y evocado, en un época en la que el pasado y el patrimonio es despreciado en pos de un progreso dudoso que ahoga a nuestro río.








El robo
Su cuadro “Carnaval en Posadas” fue robado de la pinacoteca del Museo Provincial de Bellas Artes Juan Yaparí a principios de diciembre del año pasado junto a “Bodegón” de Bernardo Mané y “Cabeza de viejo” de Antonio Berni.
Según empleados del museo, advirtieron el faltante el 12 de diciembre por la mañana, cuando vieron que los lienzos habían sido recortados de los cuadros. Pero aparentemente el hecho ocurrió durante el fin de semana largo por el Día de la Virgen, cuando alguien cercano a la institución, se sospechó que fue un empleado, ya que no había cerraduras forzadas, entró en la bodega y se llevó los lienzos valuados en más de dos millones y medio de pesos, pero con un valor cultural e histórico incalculable.
Fue Norma Poschka quien fue a la bodega a buscar el cuadro para limpiarlo para una exhibición y se percató del faltante y le informó a Marisil Ceccarini, quien en ese momento dirigía el lugar, y que luego radicó la denuncia en la seccional Primera de la ciudad.
La policía determinó que el o los delincuentes usaron llaves ya que la cerradura no estaba forzada. Al respecto se supo que estas se encontraban siempre en un recinto lindante con el acceso al museo. Las explicaciones en el momento fueron que debían permanecer “a mano” para evacuación en caso de incendio, esto habla nuevamente de la desidia, ya que la llave del lugar que guarda semejante tesoro debería ser cuidada celosamente, y sin embargo cualquiera pudo haber hecho un duplicado sin que nadie lo advirtiera. “Carnaval en Posadas” (60 x 80 centímetros, de 1944) estaría valuada en unos 800 mil dólares. Hasta hoy nada se sabe del robo que nos despojó a todos los misioneros de un pedazo de nuestra memoria, además de un tesoro económico importante.





Memoria compartida
El miércoles y el jueves de la semana pasada se llevó a cabo en la Escuela Normal Superior “Estados Unidos de Brasil”, el encuentro “Areu Crespo, tramos de una memoria compartida”. El evento fue impulsado por el departamento de lengua y literatura de la escuela y la secretaría de Extensión de la Facultad de Humanidades de la UNaM, como primer encuentro en el marco por el centenario de la escuela, que se cumple el año que viene.

Fueron dos días en los que la comunidad mormalera y posadeña se reunió con el objetivo de difundir y revalorar la obra artística y literaria de Juan Mariano Areu Crespo durante los años 40 y 50, cuando se desempeñó como profesor en la Normal.

Las dos jornadas estuvieron divididas en cuatro ponencias diferentes, que abordaban las obra de Areu Crespo desde distintas perspectivas. El acto de apertura estuvo a cargo de la rectora de la institución anfitriona, Marta Gaveta. Ese mismo día la historiadora Graciela Cambas presentó “El escenario histórico”, donde habló de la realidad política y social del territorio en esa época y la influencia del homenajeado. Luego fue el turno de las arquitectas Liliana Oleksow y María E. Marenco con “La Escuela Normal, su entorno urbano y patrimonio”.

En varios momentos de la primera jornada se llevó a su máxima expresión el nombre del encuentro, ya que la memoria compartida trajo recuerdos de ex alumnas de la institución con anécdotas de aquellos tiempos. Cuando se habló de la mudanza del viejo edificio de la Normal a su actual ubicación, fueron varias las ex alumnas que recordaron cómo se hizo todo a pulmón y “cada alumno cargaba lo que podía y caminaba varias cuadras” y alguien más acotó que “el rector en aquel entonces dispuso que se haga la mudanza así porque había rumores de que el edificio lo ocuparían los militares y había que defender nuestra casa”.

En la segunda jornada fue el turno de “Una mirada literaria” a cargo de las profesoras Olga Zamboni y Silvia Ferrari. Y para cerrar el encuentro la museóloga Cecilia Bordón presentó “Areu Crespo: pintor del carnaval posadeño”.

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