El Pitogüé

Hace escasos días falleció en  Buenos Aires, Constante Aguer. Nacido el 6 de abril de 1918, era poeta, escritor, conferencista, compositor e intérprete de la música nativa; colaboró con todas las revistas de difusión del canto nacional, publicó libros, grabó en RCA Víctor, produjo programas de radio. Pero basta decir de él “es el autor de Kilómetro 11”.

Era Pitogüé un esbelto y fornido guerrero guaraní. No había flecha de su arco que no diera en el blanco ni presa que corriendo se le escapara, ni yacaré al que no venciera en el río.Por su prestancia era bien visto por las doncellas de su tribu y aún de las vecinas, a quienes no perdía la oportunidad de seducirlas y siempre se las ingeniaba para lograr sus propósitos sin que se les descubrieran. De esta manera, parecía un mariposón humano que se posaba sobre la flor que elegía y nunca fallaba. Pitogüé provocaba las oportunidades, buscaba el motivo, la forma, el día o el momento, pero siempre se salía con las suyas y conseguía burlar la vigilancia de las indias viejas, o no tan viejas, de aquellas que tenían hijas jóvenes. Esta situación iba alterando la tranquilidad en medio de la selva, entre los otros guerreros o jóvenes con quienes alternaba en las cacerías o en los juegos diversos, en las competencias a nado en el río y que nunca lo podían vencer. Las guainitas (muchachitas), más de una vez rechazaban los requerimientos amorosos de otros amigos, en la esperanza de lograr el amor autorizado, el enlace matrimonial con Pitogüé, situación que éste, saciado su instinto maléfico, evitaba nuevo trato.Las ancianas de la tribu se reunieron para deliberar sobre este asunto. Los temores por sus hijas ya no eran un tema personal sino colectivo. Temían un bochorno en su núcleo familiar y ante toda la cofradía. Para tal fin consultaron a la Guaimí-payé (vieja bruja, adivinadora), y ésta dijo, “Pitogüé está protegido por Añá, el diablo, el espíritu del mal, y será difícil deshacer ese sortilegio, por cuanto Añá no abandona a sus intermediarios, ya que se vale de éstos para hacer daño y además favorece al que se pone a su servicio para aumentar la preocupación, sembrar la desconfianza, llenar de temores y dudas a la población aborigen”.“Sólo Ñandeyára (Dios, Nuestro dueño) podrá poner fin a las correrías del Pitogüé y dar un escarmiento al maligno y perverso Añá”, continuó diciendo la Guaimí-payé. Para ello, las angustiadas madres, convinieron que en la próxima siesta, es decir; al día siguiente se reunirían debajo del ïvïrá-payé, árbol milagroso, para implorar a Ñande yára su protección. Que las libere de esa persecución de Añá por medio de Pitogüé y que dé a ambos el castigo que merecen.Escuchó el Dios Guaraní los ruegos de estas madres, prometiéndoles librarlas para siempre del pícaro galán, en tanto Añá tendría que valerse de otras artimañas.Así fue. Esa misma noche Pitogüé salía sin ser visto para hacer otra de sus habituales diabluras. Andando por un sendero del monte, creyó percibir detrás suyo pasos como de alguien que lo seguía, el ruido característico de quien camina sobre hojarascas. Lo cierto es que al darse vuelta no veía a nadie. Así seguía y el ruido no cesaba, se detenía, el ruido también. ¿Qué hacer? Cruzó un arroyo y sintió las brazadas de alguien que lo seguía. Sale a la otra orilla, de nuevo el ruido de pasos sobre las hojas secas donde caminaba. Apuraba el paso, también su invisible perseguidor. Pensó “el que me sigue si es hombre que lo haga, después veremos. Si es algún espíritu y es más fuerte que Añá, veremos quién vence”.Trepó por una liana a un gigantesco ïvopé, un viejo algarrobo. Al llegar a lo alto de su copa, cortó la liana y la arrojó al suelo, cosa que si fuera un ser humano no pudiera subir. Luego siguió su marcha como un ágil carayá (mono), de rama en rama iba adelantando camino, avanzando. De pronto se encontró desorientado, había perdido el rumbo, pero con su coraje habitual, continuaba.En uno de esos saltos de un árbol a otro, se apoyó en una rama no muy fuerte que no resistió su peso, se quebró y venía hacia abajo golpeándose entre la maraña. Así quedó aprisionado su pie en una gruesa horqueta que le evitó seguir cayendo, pero después no podía sacar el pie de esa posición. Vanos fueron sus esfuerzos para lograrlo; agotado, ya sin fuerzas, comenzó a clamar socorro. Estos gritos fueron perdiendo su potencia a medida que el tiempo transcurría. Como había extraviado el rumbo, tampoco lo hallarían, de manera que, desfalleciente, vio llegar su fin en esa trampa.Por la mañana, sus familiares al notar su ausencia salieron en su búsqueda. Recorrieron montes, esteros, lagunas, preguntaron por él en las tribus vecinas y nada… No hallaron rastros ni noticias por ninguna parte.Reinó intranquilidad en la tribu por su desaparición. Pero no intranquilidad en las madres que veían la respuesta de Ñande yára a los ruegos de ellas.A los pocos días observaron la visita de un nuevo pajarillo, de un silbido característico que en forma clara parecía decir: “¡Pitogüé, Pitogüé, Pitogüé!”Este es el que conocemos por benteveo o bichofeo, pero lo notable es que el pajarito  no cantaba en cualquier lugar, visitaba las casas donde habían niñas casaderas, señoras jóvenes desposadas, que no tuvieran hijos o sí. También de mujeres solteras de cierta edad (solteronas). Esos gritos de ¡Pitogüé, Pitogüé, Pitogüé! volvieron a preocupar a las madres, temían por sus hijas. Las casadas lo recibían con gozo, era un feliz anuncio y las solteras se reían entre ellas preguntándose, “¿quién de nosotras será?”... y así pasaba.Lo que ocurrió, es que Añá -el diablo- , dejó en ese pajarillo la picardía de anunciar el advenimiento de un niño. Esto constituía el temor de las madres con hijas casaderas. La alegría de la mujer casada de tener un nuevo hijo y la jocosidad de las muchachas solteras que guardaban algún secreto romance y que este astuto Pitogüé las venía a descubrir.