La niña que quiso ser maestra
Susana -o Susi, como la llamaban- tendría unos once años, iba a quinto grado, cuando la directora de su escuela le preguntó si quería enseñar a un grupo de chicos. Había detectado sus condiciones pedagógicas y su fuerte inclinación hacia la docencia, pese a su temprana edad.Es que en las zonas rurales y allá lejos y hace tiempo no había ni escuelitas ni aulas satélites. Los chacreros y vecinos se reunían y entre todos ponían el hombro, la azada y algo más para que sus hijos, al menos, aprendieran a leer y escribir.Susi no se amilanó. Lo tomó muy en serio, sólo se cuestionaba: ¡pero si no tengo campana! Y me falta la bandera y un mástil y un delantal “abotonado adelante”.Su madre cosió dos bandas celestes y una blanca; su padre colocó en la improvisada aula una llanta vieja que sonaba fuerte y entre varios levantaron el mástil.Susana fue, realmente, una maestra, aunque sus alumnos eran casi todos más grandes y de más edad que ella.Cuando lo cuenta, sonríe, como sin darle importancia. Tenía el apoyo de su familia y su fe en Dios.Fue la primera maestra de la Escuela 338, de arroyo El Tigre, Campo Ramón.Eran otros tiempos, claro. Después vinieron las “flor de ceibo” ante la escasez de personas con título. Y algunos resultaron excelentes docentes.Cuando recorro escuelas y converso con los maestros dialogo con madres escandalizadas por la mala ortografía ¡de quien tiene la responsabilidad de corregir! noto cómo la profesión decayó. Ausencia de lectura, desinterés y hastío; programas dados a medias y que no se ajustan, muchas veces, a nuestra realidad regional y, especialmente, la falta de vocación.Comentaba Susana, que luego estudió, tuvo el título de maestra y más tarde de profesora, que a sus alumnos del Profesorado los instaba o a ponerse las pilas o a cambiar de carrera. Porque una cátedra dictada por obligación, como simple medio para asegurarse un sueldo, causa daño en los alumnos y también los conduce al desinterés.Pronto festejaremos otro día del maestro, en setiembre, pero para celebrar, mejor hacer un balance y formularse muchas preguntas con respecto al desempeño frente al aula, más en estos tiempos de alta tecnología, de Internet, que nos exige capacitarnos continuamente. Nada mejor que trabajar en lo que a uno le gusta. Y si no es así, al menos intentar que la tarea resulte más plácida, más productiva, más satisfactoria.Susana Amaral continúa transmitiendo a los chicos su amor a la lectura.
Rosita Escalada SalvoDocentey escritora