Crónica de una visita a la abuela
Junto a su padre la adolescente entró a la habitación y con pasos titubeantes se acercó a un costado de la cama.-Hola abuela! ¿Cómo estás?-Susi! eh! ¿Qué hacés acá? Interrogó la anciana con extrañeza.-Nos avisaron que te habías caído y vinimos a verte.-¡Pero, tan rápido! ¿Cómo se enteraron? ¿No estaban en Posadas? Indagó con curiosidad.La nieta esbozó una amplia sonrisa y respondió: -Por el celu, Abu… por el celular! -¡Ah! ¡Ustedes los de la ciudad y esas cosas raras! -Refunfuñó-Es que la abuela vivió en la chacra toda su vida y su mundo de hábitos y obligaciones se mantuvo sin las actualizaciones que sus descendientes, que sí lo adoptaron al ritmo de las transformaciones tecnológicas.Mientras compartían un mate con facturas la mujer recordó, con sus más de ochenta años, que cuando tenía la edad de su nieta la comunicación era todo un problema. No era nada fácil -dijo-. Había que tener paciencia y esperar las pocas veces que uno podía visitar al otro.-¿Y no se escribían? Husmeó la joven.-¡Claro m’hijita! Pero había que escribir la carta; llevar el sobre al correo del pueblo y ahí tardaban semanas antes que llegue la correspondencia a destino. Luego agregó con vehemencia:-¡Ah! Siempre y cuando no lloviera, sino los caminos se ponían bravos. Además, si el arroyo crecía, cubría la ruta y no se podía pasar.-¡Abu! ¡Pero vos me estás hablando de hace mucho tiempo atrás! Reprochó la nieta.-¡Nooo! Hasta no hace mucho teníamos problemas. Preguntale a tu papá, él conoció muy bien todo eso. Cuando trabajaba en Posadas sabíamos de él muy de vez en cuando.Se detuvo un instante, tomó un mate y continuó con entusiasmo-Ni te digo cuando a tu abuelo se le ocurrió ir a Buenos Aires. Se tomó “El león” (empresa de colectivos) a Posadas y en tren hasta Avellaneda, donde vivía su hermano. No supe nada de él hasta que regresó un mes después.-¿Tanto tiempo? Inquirió la joven.-¿Y sabés qué pasó? Preguntó con picardía-, días después de su regreso me llegó una postal con la foto del obelisco que me había mandado desde Buenos Aires.Una sonora carcajada evocó la anécdota de la demora del servicio del correo, para concluir con nostalgia: -Todavía la tengo guardada en mi baúl.
“¿Cómo podés hablar con eso?”Con sumo cuidado la joven hizo sentar a su abuela en su sillón y ubicó su pierna lastimada sobre un taburete.Un agudo sonido irrumpió la escena y la nieta se apresuró a consultar su celular. Tras hablar unos minutos regresó junto a la abuela.-Yo no entiendo Susi cómo podés hablar con eso; tan chiquito y ni siquiera tiene cable, objetó.-Este es un último modelo Abu-replicó la nieta. -También saca fotos y graba.-¡Qué cosa la modernidad!, -reflexionó resignada- pensar que cuando tu padre era chico una vez fuimos en el carro hasta el pueblo. En la cabina telefónica pedimos una llamada para hablar con tu tía que estaba en Posadas y debimos esperar cinco horas … decían que las líneas estaban congestionadas. ¿Te imaginás? Cinco horas para hablar por teléfono.-Y sí Abu, han cambiado las cosas. Comunicarse hoy es mucho más fácil.Susi toma el celular en sus manos y lo enciende.-¿Querés probar Abu? Dale, llamale a alguien, exclama desafiante.-¡No m’hijita! Vos dejame con lo mío. Esas son cosas de ustedes, que a mí… hasta me asustan, concluyó.
“¿Lo de antes era mejor?”La abuela habita una coqueta casa de material con una gran enramada de glicinas a su costado; una huerta en la parte de atrás, al igual que un gallinero con pocas gallinas y algunos gansos; en tanto, una vieja construcción de madera -otrora “rancho” del secado de tabaco- se guarece semiabandonado entre frondosas plantas de mango.Susi sale de la casa y va al encuentro de su padre.-La Abu se quedó dormida, dijo.-¡Mejor! Así descansa un poco. Cuando tiene visitas se sobreexcita, explica el hombre.El padre apoya su mano sobre el hombro de su hija y caminan juntos bajo la lluvia de glisinas.-¿Por qué Abu nunca quiso ir a Posadas? Interroga Susi.-Y… como ves… este es su mundo -asevera-, no se adaptaría a la vida de la ciudad. -Pero allá tendría comodidades y se entretendría mucho más…-Eso te parece a vos, pero para la Abu lo de antes era mejor. ¡Mucho mejor! Enfatizó.-¿Y realmente era mejor? Interroga Susi con intriga.El padre se detiene, mira hacia el frondoso horizonte de viejos árboles.-¡Qué se yo! hoy medimos todo por las bondades del aparato de moda, que el celular, que el MP4, que la banda ancha… que sin duda son adelantos importantes que nos resuelven las cosas en poco tiempo. Pero, todo este bombardeo de información o como dicen los especialistas “intoxicación informativa”, nos presiona, nos estresa y nos torna dependientes de estos aparatos.-Pero papi, no me vas a decir que esto de la tecnología no está buenísimo.-Sí, pero a la vez disponemos de menos tiempo para… para esto que estamos haciendo en este momento. ¡Hablando! O lo que estuviste haciendo con la Abu desde que llegaste. Pues bien, antes había más tiempo para todo, en el diálogo con uno mismo, con el otro y hasta con el contexto natural.-La Abu dice que para hablar por teléfono había que esperar horas…-¡Claro! Horas y días. Es que la tecnología superó las distancias y acortó los tiempos. En materia de comunicación, hoy parece todo posible. Pero, ¿estamos realmente más comunicados?-¡Por supuesto Pa! Con mis amigas estoy mandándome mensajitos cada rato, acota Susi.El padre esboza una sonrisa y con tono de complicidad dice:-Yo también… con tu madre, con mis amigos, con mi trabajo…
Los libros del abueloHacía tiempo que Susi no visitaba a su abuela. Esta vez su visita parece tener otra dimensión. Se paseó por cada rincón de la casona. La pequeña biblioteca, por ejemplo, se veía algo polvorienta pero ordenada. El lomo de los libros develaban sus años.-Los libros del abuelo, -se dijo- el fue maestro rural y cómo cuidaba sus libros.Tomó uno de tapa amarillenta que le llamó la atención. El Anuario “La Chacra” del año 1949. Lo ojeó detenidamente mientras trataba de imaginar a su “buelo” en su consulta habitual.-Sería una especie de “Encarta”, de las que usé en mi compu para el cole, -se comentó.Cerró la pesada puerta de la biblioteca y detuvo su vista en una hoja ilustrada que colgaba de su costado: Almanaque “Alpargatas”. Le llamó la atención el dibujo que exhibía en su parte superior. –Florencio Molina Campo, leyó.Se dejó sentar en un mullido sillón de cuero, el mismo en el que de niña vio a su abuelo pasarse horas leyendo el diario. Así, quedó contemplando ese pedazo de mundo del que su abuela, con seguridad, no habría querido ni querrá separarse.Un racimo de cuestiones confluyeron en su cabeza. Los tiempos de la incomunicación; los caminos intransitables; la espera por las cartas… y, en tan poco tiempo la compu, Internet, las redes sociales, la fotografía y el video digital, la telefonía móvil, el e-mail, la navegación web…De pronto, el padre irrumpe en el salón.-Vamos Susi, despedite de la abuela que nos tenemos que ir.-¿Tan pronto? Respondió sorprendida.-¡Claro, ya es de noche! -Replicó, para luego agregar: ¡Ah! Y mandale un mensaje a tu madre… decile que estamos volviendo.
Por: Rubén A. Zamboni