Como un deseo dándole vueltas
Mariano ha encontrado un gatito y no se atreve a llevarlo a su casa. Mientras habla con su vecino, va desplegando poco a poco los detalles de su secreto familiar.Este cuento recibió un segundo premio en el Segundo Concurso Internacional de Cuentos para Niños de Imaginaria y EducaRed.
Ese domingo no tenía previsión de ser para guardar en la memoria, pero sucedió conmigo eso de entrar en los secretos vecinos sin haberlo buscado. Estoy convencido de que los secretos se las ingenian cada vez que pueden para asomar la nariz y que los otros se les queden. Sentado en la única tabla de la banca que tenía tres cuando era nueva, había estirado mi brazo noventa y seis veces. Desde hace un tiempo pienso que puedo tocar las nubes. Estaba frente a la iglesia de la Santa Cruz, dicen que se llama así porque un día de hace muchísimos años apareció de la nada un fraile, sembró una rama de un árbol que fue creciendo en forma de cruz, creció tanto y tanto y tanto que decidieron construir una iglesia en ese lugar, por si las moscas un milagro. No vendría mal uno en estas épocas de desencantos. -¿Quieres quedarte con mi gatico? Era Mariano, mi vecino del primer piso. Asunto de gatos no es conmigo. Estuve enamorado hasta los huesos de la mujer del vestido verde, eso fue en las primeras páginas del libro que leí a escondidas detrás del árbol donde florecían las orquídeas, y me desenamoré en la página 22, cuando descubrí que había sido contagiada de lepra por el pelo de un gato siamés. Acá entre nos, muchos años después supe que esto no es científicamente comprobado, sin embargo, cuando veo uno de esos silenciosos y peludos de cuatro patas no puedo olvidar que vi, juro que vi, una piel de manzana cayendo a pedacitos.Desde entonces prometí que los gatos no entran en mi vida, igualito que no entran en el cielo de los budistas.-No puedo Mariano. No me gustan los gatos -le dije-.Me dijo: -No me dejan quedarme con él.Casi lloraba contándome.-Esta mañana lo encontré y lo llevé junto con el pan a mi casa. Cuando mi papá lo vio dijo: no quiero animales aquí, se devuelve por donde vino con ese gato.Y Mariano torcía la boca como haciendo igual que su papá. Inconformado con tener que abandonarlo, Mariano me lanzaba su mejor mirada de “ayúdame por favor”, esa que tenemos guardada para las emergencias, esa que te deja con ganitas de decirle que sí, pero que no, que tienes que dar una de duro porque cuando haces promesas haciendo los dedos en cruz no las quiebras ni de marras. Y de nuevo: -que no Mariano, que no puedo.Mariano ensayó la táctica de la carrera en fuga. Fueron 29 intentos de dejarlo y salía corriendo pero el gato lo seguía las mismas veces. Desconsolado sentó la mitad de sus nalgas en la banca y de pronto abrió sus ojos hasta donde pudo.-¡Vinicius! Y se quedó como pensando. -¡Claro! ¡Él puede quedarse con el gato, él puede hacerlo! Mi papá sólo lo dejará sí adivina en Vinicius una señal de quererlo.En ese momento supe que un secreto se deslizaba sin remedio por entre los labios de Mariano.-Una señal y mi papá acepta, porque mi hermano es autista desde hace seis años -decía Mariano-, él nació mirando siempre para dentro, no se emociona ni para arriba ni para abajo. Mi papá no dice pero puedo adivinar que se cansó de esperanzar, inventó que Vinicius se antoja de cosas, que tiene ideas, yo digo que sólo tiene una dándole vueltas, una nada más, como esas corridas de la fórmula 1 que adora asistir por la televisión, no se pierde ni una sola, ni le importa quién gana ni quién se choca, sólo parece que contara las vueltas que dan los carros. Se queda balanceando hacia adelante y hacia atrás como llevando la cuenta, por eso pienso que él sólo tiene una idea fija que se pasea por su cuerpo y en cada parada se le convierte en un deseo. Nunca habla. Él grita. Yo lo abrazo siempre por si quiere abracitos y parece que sonriera. Se agarra a mis piernas, que son más flaquitas que las suyas, lo hace rapidito, como colocando su oído en ellas por si le traen otras ideas para juntarlas con la suya o tal vez un sonido de tambores.-Déjame explicarte -decía Mariano-. Es como si quisiera hacer caminar el único deseo que esconde en alguna parte y cuando se da cuenta de que no puede, entonces, grita. Mi papá pasa poco tiempo en casa. Pronto, se vino otro secreto. -Mi papá trabaja en otra ciudad, siempre ha sido así -me explicaba-. Va y vuelve, con nosotros a veces, pero él se va un poquito más allá, viene de quince en quince días, dice que no lo hace más seguido porque tiene mucho trabajo, pero yo creo que no aguantaría de lunes a domingo a mi hermano balanceándose tanto. Un día lo escuché decirle a sus amigos que hace hijos incompletos, todos se rieron mucho, a mí me parece que no, porque mi hermano y yo tenemos dos ojos, una nariz, dos piernas. Debe ser que se desespera con el silencio de mi hermano y con la bulla mía. Y mi mamá.Yo la conocía, la había visto alguna vez por entre los corredores del edificio.-Mi mamá le cuenta a todo el mundo que Vinicius es autista, yo no entiendo por qué lo hace. Las personas la escuchan y le devuelven una sonrisa indecisa. Acá entre nosotros, y pegándose de mi oreja como para que nadie más lo escuchara, me dice: -Pienso que mi mamá tiene un miedo escondido porque siempre le coloca medias rojas a Vinicius y dice que si un día él se perdiera sólo tendría que agacharse y buscar entre todas las piernas dos que tengan medias rojas. Yo quisiera decirle que descubrí su miedo y que no se preocupe, que mi hermano tiene un ángel que lo guarda.Mariano hablaba a borbotones. Era como si la oportunidad se la hubieran pintado en verde agua para contar sus secretos. Pero su asunto principal era resolver lo de quedarse con el gato.-Vinicius puede hacerle pensar a mi papá que quiere a Casimio -decía-. Igual él va querer creer cualquier cosa para que no grite y lo deje leer el folleto de la hidroeléctrica. Pero… ¿Y si el gato sale por la ventana con los cojines, el florero, las uvas y mis cordones? ¡Él lanza todo por la ventana! ¡Y si yo fuera autista también! Claro que no sería como Vinicius, quiero decir, no tiraría nada para la calle y menos a Casimio, mi gato, pero… necesito unos seis años para aprender a balancearme para adelante y para atrás, para adelante y para atrás, para adelante y…Su preocupación ya le llegaba a las rodillas. En su afán de quedarse con Casimio no encontraba una fórmula mágica en su cabecita de siete años y mi perezosa adolescencia no hacía una sugerencia siquiera. Tampoco pasaba por ahí una bruja buena regalando sortilegios para ayudarlo. Estaba entrando en la zona del desespero cuando oyó a su mamá gritar para volver a casa sin gato y en los próximos tres minutos. Le dije que lo dejara en la puerta de la iglesia, que con seguridad alguien iba a aparecer para cuidarlo, que yo le contaba después. Se fue caminando despacito, como pidiendo permiso, contando los pasos, uno, uno y un cuarto, uno y medio, uno y tres cuartos. Volteando cada cinco segundos. La última vez que lo hizo no vio más a Casimio y yo, que me balanceaba para adelante y para atrás, tampoco.Siempre encuentro a Mariano, con medias y sin zapatos, subiendo y bajando las escaleras, prendiendo las luces de los corredores. Tiene miedo del ascensor, de quedarse solo y de estar a oscuras. Tiene miedo de salamandras. Yo le digo que no se asuste, que su susto puede asustar a las salamandras. Cuando nos encontramos, sonreímos. Somos cómplices de un secreto: los dos sabemos que va a hacerse otro milagro en la puerta de la iglesia de la Santa Cruz.Hoy ya intenté 117 veces tocar el cielo. Siempre me ha parecido que en esta ciudad hecha encima de las montañas sólo necesito estirar el brazo… 118, 119, 120…
Este es un cuento con final abierto. Proponer a los alumnos una solución para el gato Casimio y conversar sobre los niños diferentes.
Autor: Juan Fernando Cardona Fernández