El campamento “Esperanza”
Las familias afirman que se quedarán allí hasta que salga el último. Pasan los días entre juegos, oraciones, música y comida. En tanto los mineros tienen sus propias preocupaciones 700 metros bajo la superficie.
L o llaman el campamento Esperanza, y allí las familias de los 33 mineros atrapados a unos 700 metros de profundidad desde hace más de veinte días, pasan las jornadas con la tranquilidad de que sus seres queridos están con vida.Fue en este campamento donde recibieron con alegría las pruebas de supervivencia de sus seres queridos el domingo y será allí donde deberán permanecer los meses (unos cuatro) que duren las operaciones de rescate.El nombre del campamento nació de los propios familiares, quienes mantenían viva la esperanza de encontrar con vida a los mineros atrapados.“Ha sido un día de muchas emociones. Yo estaba segura de que estaban vivos”, dijo María Segovia, hermana de Darío Segovia, de 48 años, uno de los mineros atrapado en la mina San José, 800 kilómetros al norte de Santiago.“El compromiso como familias es que nos vamos a turnar, pero estar acá hasta que salga el último hombre de la mina”, afirmó María.Su sobrino, Darío Segovia, hijo del minero atrapado, dice que “tenemos harta esperanza, harta fuerza hasta que salga el último operario” del fondo del yacimiento.Tras muchos días de llanto y malas noticias, la euforia estalló con el primer contacto y la ratificación de que los 33 están vivos.Y para celebrar, en torno a varias parrillas se asaron presas de pollo y chorizos, y unas 300 personas compartieron alimentos y celebraron. No importó que junto con la madrugada cayera la camanchaca- como se conoce a la densa neblina que cubre el desierto- y reinara el frío en contraste con el calor sofocante del día.A veces, al ritmo de un conjunto musical que toca sobre un escenario montado en una camioneta, familiares, rescatistas y autoridades cantan en coro. Desde el día del accidente, el 5 de agosto, los familiares de los mineros están allí, en el lugar, pero al principio pasaron las noches de forma precaria.“Este campamento empezó primero con sillas, dormíamos sentados, luego la Municipalidad envió toldos y todo se fue armando aquí. Ahora hemos formado una sola familia”, comenta María Segovia. Luego, nació el nombre de Esperanza.Distintos municipios aledaños han implementado el campamento y enviado a su personal a trabajar en el lugar. Unos pusieron toldos y llevan los alimentos, otros cocinan, otros velan por el orden y la limpieza e incluso se encargan del cuidado de los niños.Por ejemplo, el municipio de Tierra Amarilla instaló dos zonas de niños, donde sus funcionarios entretienen a los menores llevados por sus padres. Jessica Sierra y Fernando Díaz, están a cargo de la cocina. “A diario repartimos unas 300 raciones de almuerzo, aunque los fines de semana ésta aumenta”, dijo. Al lado de la cocina hay un almacén con aceite, arroz, azúcar y legumbres para al menos una semana más.También hay baños químicos y una empresa de telefonía instaló una antena para facilitar la cobertura de celulares. Las carpas de las familias, ubicadas en una zona exclusiva, están debidamente numeradas. Además tienen apoyo de orientadores sociales, psicólogos y hay personal de la Cruz Roja.En el lugar flamean además 32 banderas chilenas, una por cada minero atrapado, y una boliviana, por Carlos Mamani, el minero atrapado de esa nacionalidad.Las familias planean quedarse en Esperanza hasta tener contacto físico con sus seres queridos. “La familia piensa quedarse aquí hasta el final, hasta que los saquen y podamos irnos con ellos al hospital o a donde sea necesario”, dijo Carolina, sobrina de Mario Gómez, minero que le hizo llegar a su esposa una carta amarrada en la sonda que los contactó en las profundidades de la tierra.
Los desafíos psicológicosConservar un ritmo de sueño, mantener la esperanza y un equilibrio psicológico en el seno de un grupo confinado en un espacio exiguo son algunos de los desafíos a los que se enfrentan los 33 mineros atrapados a 700 metros bajo tierra en Chile para poder sobrevivir cuatro meses más.“Es más fácil sobrevivir en grupo. Si se está solo usted puede dejarse llevar por la desesperación, pensar que no tiene salvación. En grupo, si uno flaquea los otros lo animan”, explica a la AFP Michel Siffre, espeleólogo y científico que ha llevado a cabo numerosas experiencias de confinamiento en condiciones extremas.“Cuando la supervivencia está en juego el grupo se une. En todas las experiencias de supervivencia los problemas psicológicos se plantean después de la salida. Ante el peligro, se aguanta”, señala por su lado Henry Vaumoron, secretario general de laFederación Francesa de Espeleología.“Pero como en la balsa de la Medusa, donde muchos sobrevivientes se mataron entre ellos, o en el accidente de un avión uruguayo en la Cordillera de los Andes en 1972, donde sobrevivieron gracias al canibalismo, la situación puede degenerar”, recuerda Siffre, quien pasó dos meses solo a cien metros de profundidad y a cero grados de temperatura en 1962.Un experimento llevado a cabo hace varias décadas por la agencia espacial estadounidense NASA, en un equipo en autarquía completa, mostró que cuatro miembros de la misión no podían soportar al quinto y querían incluso matarlo, explica.“En las situaciones de sobrevivencia eso se vuelve darwiniano. Los más fuertes sobreviven. Y la actitud mental es primordial. Hay que creer. Quienes creen en su supervivencia tienen más posibilidades de salvarse que los que se abandonan a la suerte”, recuerda Siffre.Para organizar la vida del grupo y solucionar los eventuales conflictos deben surgir “jefes”: un superior jerárquico o individuo que en esos momentos excepcionales asume el papel de líder, según Siffre. Los sobrevivientes tienen que conservar el mismo ritmo de sueño que en la superficie, ya que sin la luz del día se pierde la noción del tiempo.“Los ejercicios de supervivencia llevados a cabo en grutas sin ninguna referencia temporal han demostrado que el organismo tiene su reloj biológico que se pone a funcionar por períodos de 26 horas”, explica Sophie Lumineau, investigadora en cronobiología de la Universidad de Rennes.“Pero este reloj biológico difiere ligeramente según los individuos. O bien todos van a sincronizarse con un ritmo promedio, o uno de ellos impondrá su ritmo a los demás”, explica. Gracias a las posibles comunicaciones con los socorristas, se les podrá imponer el ritmo del mundo exterior, por ejemplo entregándoles los alimentos a horas fijas. Y podrán probablemente tener luz con lámparas que les hubiesen pasado por el conducto.Para permitirles sobrevivir habrá que renovar el oxígeno, aprovisionarles en agua y alimentos. Deberán rehidratarse permanentemente, beber sin cesar, ya que a los 33 grados Celsius, el agua del cuerpo se evapora permanentemente. “Será necesario darles una alimentación más bien líquida. Entre menos vayan al retrete será mejor. Cuando uno está bloqueado bajo tierra, tiene que cavar y enterrar los excrementos”, explica Henry Vaumoron.“Todos tendrán problemas de visión al salir. Se constata un aumento de la miopía, de la visión del relieve y de los colores cuando se vive sin luz”, explica Siffre. “Lo esencial es que salgan vivos, pero no saldrán indemnes”, estima.