NovedosÃsima tintorerÃa ecológica
Texto: Fabián Sevilla*
Gabardino A. Cuadrillé salió de la tintorería muy contento. Lo habían lavado, centrifugado y planchado muy prolijamente. Pero, de pronto, notó el primer indicio: ¡una arruga en la palma de la mano!
Gabardino A. Cuadrillé salió de la tintorería.Iba chocho de contento: recién lavado, centrifugado y tan prolijamente planchado.- ¡Te dejaron hecho una pinturita! -comentó mirándose el reflejo en una vidriera.Además, no podía dejar de olfatearse: le encantaba el aroma a enjuague para ropa que tenía bajo las axilas y en todo el cuerpo así como el aliento que le había dejado el apresto del planchado.- Buena, esta novedosísima tintorería ecológica -se dijo mientras avanzaba por la vereda, feliz, como si volara-. No pienso ir más a la del japonés Saka Man Chá, que es antiquísima y, según parece, antiecológica. Y mientras esperaba que el semáforo le diera paso, Gabardino A. Cuadrillé recordó que en la tintorería de Saka Man Chá debía conformarse con girar y girar en una lavadora y pasar a una secadora, para luego saltar a una plancha a vapor que parecía camilla de hospital.En cambio en la novedosísima tintorería ecológica acababa de vivir una verdadera aventura.Las lavadoras de última tecnología lo habían hecho rotar 362º hacia los cuatro puntos cardinales y ¡a distintas velocidades! Fuerte fuerte fuerte… primero, menos fuerte menos fuerte menos fuerte… después, para luego hacerlo despacito despacito despacito… como si lo estuvieran arrullando. - ¡Una maravilla! Encima, cada chorro de agua lo bañó con diferentes densidades y temperaturas. Caliente caliente caliente… tibiecito tibiecito tibiecito… apenas frío apenas frío apenas frío. - ¡Una maravilla es decir poco! -celebró mientras cruzaba la calle. Y entonces recordó que el enjuagado llegó con vueltas leves que apenas lo hicieron chocar contra las paredes cóncavas de la máquina. También, que ese perfumito en espray con que lo rociaron como si lo acariciaran no lo hizo estornudar ni quedarse ciego, como sí le sucedía con el que desde hacía años le echaba el japonés en su antiquísima y antiecológica tintorería. - El planchado… ¡Ah, qué delicia! -comentó cuando llegaba a la otra esquina. Lo recordaba más bien como una sesión de masajes y cariños, gracias a esa máquina que casi casi ni lo tocó. Después, lo colgaron de una percha donde durmió cómodamente una siestita hasta que se le disipara el vaporcito que despedía su cuerpo. Eso sí: debió aceptar que extrañaba cómo el japonés le doblaba en cuatro los brazos, le repasaba las costuras de las pantorrillas y le arremangaba los ojos antes de despacharlo.Aunque igualmente: - Lo repito, no pienso volver a lo de Saka Man Chá. A partir de ahora el lugar será esa novedosísima tintorería ecológica -se propuso. Pero como para darle la contra notó el primer indicio.¡Una arruga! En la palma de la mano. Luego otra, otra, otra… En cada uña, en los mofletes, en el ombligo, en la planta de los pies… Y la cosa recién empezaba. Las líneas rojas que lo acuadrillaban a lo largo del cuerpo estaban anaranjadas a la altura de la rodilla, amarillas en el pecho y casi blancas en la cabellera. ¡Horror! El verde que era el centro de los cuadritos ahora era algo parecido al morado. - ¡Me estoy destiñendo! -bramó alarmado y una transeúnte que lo oyó llamó al 911. La ambulancia tardó segundos, pero parecieron eternidades. Y cuando un médico y un enfermero se acercaron, vieron a Gabardino A. Cuadrillé llorando y a punto se desmayarse, rodeado por los curiosos de siempre.- Acaba de descubrir que también se está deshilachando - le informó uno de los testigos al galeno.Sí, él, que siempre había tenido una trama cerrada y firme, ahora se iba pareciendo más y más a una rejilla o una bolsa de arpillera.El médico debió pedirle que se calmara: en ese estado no podría revisarlo. Pero al confirmar el grado de arrugue, destiñe y deshilache en el que se hallaba el paciente, decidió subirlo a una camilla y llevárselo al mejor nosocomio. Entonces, todos contemplaron pasmados que la cosa empeoraba. Todos, incluido el Gabardino A. Cuadrillé. Es que quedaba como muy chico sobre la camilla. - ¡Me estoy encogiendo, me estoy encogiendo, buaaaaaaaaaaaaa! -se lamentaba y, como remate del flan, al abrir la boca para llorar vio que le salía una polilla-. Y además, me apolillo. El médico siguió con la vista a la polillita, que sobrevoló la escena y volvió a entrar por una oreja del paciente. Había salido a tomar aire el bicho. Y mientras lo cargaban en la ambulancia, preguntó: - ¿Quiere que le avisemos a algún familiar? Gabardino A. Cuadrillé, moqueando y con voz entrecortada, solo atinó a decir: - Llamen a lo del japonés Saka Man Chá y pídanle perdón por mí. Díganle que pronto volveré a su antiquísima y antiecológica, pero efectivísima tintorería. Que extraño cómo me doblaba en cuatro los brazos, me repasaba las costuras de las pantorrillas y arremangaba los ojos. El galeno ordenó al enfermero hacer la llamada y mientras la ambulancia arrancaba rumbo a la clínica Doctora Estela Excelsa, el ya más calmo y esperanzado Gabardino A. Cuadrillé, rogó: - Ahora, ¡cúreme doctor! -Y con un tobillo se enjugó las lágrimas y los mocos.
* Fabián Sevilla nació en 1970, en Mendoza, Argentina. Junto a su hermano gemelo Ariel estrenaron la primera obra de teatro a los 16 años y, desde entonces, crearon una veintena de musicales y comedias para chicos y grandes. Desde 1997 escribe para la revista infantil “Alfabeto escolar”, mientras desarrolla su carrera como periodista. Sus obras de teatro y cuentos aparecen en libros de texto y manuales de editoriales argentinas como Aique, Santillana, Puerto de Palos, Kapelusz y Edelvives, y de otros países como EEUU, Puerto Rico y México.