Huella de alfarero
El texto que se ofrece a continuación es ganador del primer premio en la Categoría Adultos y en la Temática “Personaje destacado” del certamen anual de la Casa Vasca de Corpus 2012.
F rancia, la precursora de la igualdad, lo cautivó con su arte, con el mundo exuberante de la moda y los diseños. En su recorrido por las calles y pasajes se detuvo frente a las puertas de un gran teatro. Franqueó el misterio de los umbrales, ingresó en una sala y se acomodó en la primera fila. Los gobelinos y cortinados se mecían acunados, tal vez, por la magia desprendida del encordado de una guitarra o los acordes de un teclado. No menos sugestivas fueron las energías que de pronto lo lanzaron de bruces sobre el escenario.
Desde un oscuro rincón, la proyección de una silueta difusa desplegó un andar pausado. Los movimientos se acompañaban con destellos luminosos, cual luciérnagas en noche cerrada; eso fue lo que creyó ver. Sabía que estaba; que algo había, pero no podía precisar los contornos de la extraña figura.
Ella sí, tenía datos de él, lo comprobó cuando le dijo: “Tú, que vienes del corazón mismo de las pampas, llévame contigo, devuélveme a la infinitud de las llanuras cuajadas de trebolares y montes. Añoro el trotar de los potros y la lentitud de los burritos cañeros que atraviesan quebradas y valles”.
Después de escuchar esa descripción se paralizó, se sintió turbado, esa voz incorpórea le pedía que lo reintegrara al seno de su tierra. Respiró profundo para poder hablarle.
_Dime, ¿quién eres?, muéstrate o creeré que tengo alucinaciones.
_”Soy el eco de las artes olvidadas, soy caminante de la poesía y las tradiciones. Debo proseguir en la huella para señalar la libertad del espíritu pero necesito vigorizar mis alas sin puerto allá donde florecen los chañares, en los serpenteantes senderos de las llamas, cerca del cielo, cerca del viento frío de las alturas. No permitiré que el tránsito de la muerte desarme mi mundo, el de la música. No lograron hacerlo aquellos que con persecuciones, cárceles y proscripciones intentaron detener mi acercamiento con el pueblo a través de un decir veraz. Un destino poderoso marca el sitio y también al hombre, y mientras tratamos de entender, el río sigue su curso. No soy hombre ni soy río, pero andaré la senda que me marcó el alfarero de la identidad nacional”
Él, trataba todo el tiempo de comprender, de saber quién estaba allí. Las preguntas se le amontonaban en los labios. Increpó una y otra vez a esa “cosa” imperceptible, quería verla, saber el nombre y quién le había marcado el camino.
La criatura alzó sus formas y le dijo: “La envoltura corporal está en el sitio que él eligió como última morada, y su espíritu andará guapeando con una bandera de niebla, cortando el viento con un poncho pampa…Pero lo que a ti te intriga es saber quién soy…
Te diré: soy todo lo de él por fuera: altura, contornos y movimientos. Quiero que sepas que siempre estuve a su lado. A veces se enojaba cuando me adelantaba al caminar y se inquietaba con mi andar rezagado, como persiguiéndolo. El día del viaje final escapé de esa oscura cubierta; esa caja de madera me comprimía, me asfixiaba y no quise morir yo también. Como mi vida está en la luz, anudé mis lindes y me largué de ese lugar para llegar a este tablado, donde aquellas manos prodigiosas le arrancaron las últimas notas a su guitarra. Ahora debo volver a mi pueblo, a encender canciones en el alma de la gente, así como él “vino de lejanas tierras a contar algo”. De pronto, la puerta se abrió y penetraron los últimos rayos de sol, de una tarde que lentamente se diluía, y reflejaron un perfil confuso con rostro de paisano aindiado.
Era la sombra de Don Atahualpa Yupanqui.
